31/08/2010

En Nuevo León cada día levantan a 20 personas, aseguran

Me llaman necia por exigir que me devuelvan a mi hijo

Sanjuana Martínez / II

Especial para La Jornada
Periódico La Jornada
Martes 31 de agosto de 2010, p. 13

Como cada mañana, Gloria Aguilera Hernández despidió con un beso a sus dos hijos y a su esposo. Nunca imaginó que aquel beso que les dio el 26 de septiembre de 2008 sería el último. Los tres, trabajadores de tránsito de Monterrey, desaparecieron ese mismo día. Fueron levantados y ahora forman parte de la fría estadística de las 3 mil desapariciones forzadas registradas durante la administración de Felipe Calderón.

La vida de doña Gloria dio un vuelco brutal. De la confusión inicial pasó al deseo de morir. Pensó que se volvía loca sin ellos. Creyó por un momento que su caída al abismo de la depresión la llevaría muy pronto a la tumba. Pero transformó su profundo dolor en coraje, en lucha, en esperanza. Y se hizo una promesa: los encontraré. Los voy a buscar hasta el final.

Desde entonces se ha consagrado a ellos. Lleva dos años infatigables de pelea: “Con tanto escándalo por las celebraciones del bicentenario, me pregunto si los mexicanos tenemos libertad. ¿Cuál libertad? No hay libertad si la gente tiene miedo de salir a la calle. No hay libertad si un día sales y sabrá Dios si regreses a tu casa. Cada día desaparecen personas porque las levantan muchas veces sin motivo alguno, como a mis hijos y a mi esposo. Quiero justicia y tengo derecho a que alguien me escuche”, dice en entrevista con La Jornada, mientras muestra las fotos de Giovanni, de 26 años; Julián Edwin, de 27, y su esposo Julián Urbina Torres, de 47 años.

La práctica sistemática de la desaparición forzada existe en México desde 1969, cuando Luis Echeverría era secretario de Gobernación en la administración de Gustavo Díaz Ordaz. Tan sólo en Nuevo León cada día desaparecen 20 personas, según reportes de las distintas corporaciones policiacas, afirma Consuelo Morales, directora de Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, AC (Cadhac), que encabezó una manifestación para protestar por el aumento en las desapariciones en esa entidad y en otras desde que Felipe Calderón decidió emprender una guerra contra los cárteles de la droga.

Doña Gloria está acompañada por otras madres, sobrinas, hermanas y esposas de desaparecidos. Todas usan camisas negras con la leyenda al frente: ¿Dónde están? Y en la espalda: Queremos ver sus caras. En el plantón que realizaron en la explanada de los Héroes, frente al palacio de gobierno de Monterrey, colocaron ropa de los desaparecidos con sus nombres y también fotografías.

Llora todo el tiempo. Se limpia las lágrimas con un pañuelo de papel. En una bolsa de plástico trae documentos y fotografías. Señala: “todo lo que está haciendo el Presidente es puro teatro. Nos dicen que nos defenderán la Marina y el Ejército. Mentira. Nadie nos defiende. Nunca encuentran a los que matan, a los que hacen los levantones, a los que hacen los narcobloqueos. Será porque todos andan en lo mismo. Calderón tiene dos hijos, pero no se los van a secuestrar como a los míos. Nunca sabrá lo que es este dolor”.

Aquel 26 de septiembre por la tarde de hace dos años, Giovanni fue levantado del módulo de licencias del parque Tucán, ubicado en la colonia Valle del Infonavit. Fueron varios hombres –según señaló un testigo–, que se lo llevaron en la camioneta del joven. Horas después su hermano Julián Edwin y su padre, agentes de tránsito también, fueron levantados.

Doña Gloria interpuso una denuncia ante la ProcuraduríaGeneral de Justicia de Nuevo León, pero nunca investigaron: “fue mi nuera la que por medio del Nextel de uno de mis hijos ubicó, gracias a la ayuda de la compañía de teléfonos, las llamadas que los delincuentes hicieron cuando los levantaron”.

Según el reporte, tuvieron un recorrido desde la Carretera Nacional, hasta Guadalupe. Si ella pudo averiguar inmediatamente el lugar de donde salieron las llamadas, ¿por qué los ministeriales no hicieron nada? Si hubieran actuado rápidamente, de esa manera habrían localizado al menos a uno de mis hijos, dice sin poder contener el llanto.

Añade: esta desesperación que sigo sintiendo es lo más grande que existe en el mundo. No saber dónde están, cómo están, si los tratan bien. No sé cómo sigo viviendo. Cada día es un tormento.

Levantado sin motivo

A Raymundo Cepeda Gorena lo levantaron de su casa. En dos taxis un grupo de hombres llegó a la colonia Valle Verde, donde vivía con su madre, y se lo llevaron. Ocurrió el 5 de agosto del año pasado. Estaba con un amigo en la puerta. Es el único testigo, y tenemos un retrato hablado de quienes se lo llevaron, pero el muchacho Enrique Marmolejo no ha querido dar más datos a la policía. Seguramente por miedo, dice Socorro Gorena Ontiveros, madre del desaparecido.

Porta una pancarta verde con su foto: éste es mi hijo, devuélvanmelo. Raymundo era empleado del ISSSTE desde hace 24 años y también vivió en Estados Unidos una temporada, donde realizó diversos trabajos. Tenía un año de haber regresado a Monterrey. No sé por qué se lo llevaron. Él era un muchacho decente. He luchado cada día por encontrarlo. Y voy a ir hasta el fin del mundo a buscarlo.

Socorro ha acudido a todas las instancias gubernamentales y policiacas, y nadie ha sido capaz de darle el acceso a la justicia, a la cual tiene derecho: Yo estoy como si fuera el primer día. Nadie ha hecho nada. Tal vez porque somos pobres. Si mi hijo fuera rico ya lo hubieran encontrado. A nuestros hijos no los encuentran ni muertos ni vivos. Tenemos la esperanza de que estén vivos, pero si no, queremos que nos digan dónde dejaron sus cuerpos. A quienes se los llevaron les pido, les ruego que me digan dónde está. Es lo único que les pido.

Los familiares no han recibido el apoyo ni siquiera de la Comisión de Derechos Humanos de Nuevo León.

Consuelo Morales, directora de Cadhac, que les ha ofrecido la ayuda desde el primer momento, se muestra indignada ante la indiferencia gubernamental y la falta de acción de las autoridades policiacas y judiciales: lo que estamos viviendo es gravísimo. Y el problema es mucho más de lo que nos imaginamos. Un miembro de la Armada nos informó que ellos estaban recibiendo 20 casos de denuncias diarias, pero la cifra es mucho mayor. Hay un descrédito total de las instituciones, que no hacen nada.

Maximina Hernández Maldonado tiene siete hijos, uno de ellos desaparecido. José Everardo Lara Hernández fue levantado el 2 de mayo de 2007. Era policía y fue escolta de Dionisio Herrera Duque, ex alcalde de Santa Catarina, pero al observar cosas raras pidió su cambio porque no le gustaba la forma de ser y de hacer del munícipe. Poco después de que le concedieron el cambio laboral, desapareció.

“Fue como todos los levantones, nomás se lo llevaron al salir de su trabajo. Algunos compañeros le comentaron quiénes fueron. El ex alcalde sabe. Todos son una mafia. Ellos lo desaparecieron, pero la policía no me hace caso. De hecho, me dicen que soy una necia. Así me llaman. ¿Usted cree? Necia por exigir que me devuelvan a mi hijo. Pues voy a seguir luchando y voy a seguir siendo necia”, dice Maximina.

En la misma situación se encuentra Julia Ramírez Camacho, tía de José René Luna Ramírez, de 23 años, desparecido el mismo día que José Everardo. Ambos eran amigos y policías de Santa Catarina. Mi sobrino también fue escolta del ex alcalde. Ellos saben dónde están, y queremos que nos los entreguen, señala.

El derecho a la libertad en Nuevo León está en peligro, afirma Consuelo Morales, mientras se escucha el grito de los manifestantes: Rodrigo Medina, renuncia y regrésalos con vida. Explica que hay múltiples testigos que han entrevistado y afirman que los levantones son realizados por policías municipales, estatales y federales o por elementos del Ejército, no sólo por el crimen organizado:

Estos familiares están cansados de acudir a las autoridades y no les hacen caso; por eso estamos decididos a acudir a instancias internacionales, que no es la panacea, pero es la única rendijita que nos queda, porque las mismas policías y militares son cómplices y entregan a los desaparecidos. En todos los casos, después de una desaparición viene una tortura. Es una invitación a la reiteración del delito.

Para los familiares, las autoridades no están haciendo nada, por complicidad, corrupción o incapacidad. El Estado ha sido extremadamente negligente en cuestión de desapariciones forzadas. Mientras haya la impunidad y la corrupción vigente, esta espiral de violencia continuará.

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