11/09/2011

Como hace mucho no sucedía, salieron a expresar su dolor; "los que quedamos tenemos que decirlo"

El miedo une a los acapulqueños en torno a la caravana de Sicilia

Violencia e impunidad golpean a todos por igual; quienes pueden han empezado a irse del puerto

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Llegada de la Caravana por la Paz a Chilpancingo, Guerrero, donde familiares de víctimas de la guerra contra el narco se unieron al reclamo de justicia que encabeza el poeta Javier SiciliaFoto Lenin Ocampo

Alonso Urrutia
Enviado
Periódico La Jornada
Domingo 11 de septiembre de 2011, p. 6

Acapulco, Gro., 10 de septiembre. Cercada por secuestros, ejecuciones, asaltos y asesinatos, la sociedad de este puerto salió a la calle como hace tiempo no sucedía. Un sentimiento los une: miedo. Miedo que cruza desde los empresarios hasta los taxistas, estudiantes o monjas, porque la violencia no ha respetado nada ni a nadie.

En este puerto, el paso de la Caravana por la Paz se asemeja a su primera incursión en el norte: una catarsis de sentimientos, de indignación, dolor y enojo, tras un año muy difícil que ha desatado todas las alarmas entre la sociedad acapulqueña.

Los que quedamos tenemos que salir a decirlo, porque ya no es vida, dice Paulina, quien revela que ha comenzado una especie de éxodo entre algunos sectores que, amagados por la extorsión o por el secuestro, han optado por emigrar. Quienes no tienen para moverse de la ciudad han de asumir el costo de la extorsión, agrega.

La llegada del poeta Javier Sicilia y su movimiento ha alentado a los guerrerenses a salir a las calles en Acapulco –y poco antes en Chilpancingo– para escuchar su enésima condena a la estrategia militarizada de Felipe Calderón que tantos dolores ha causado en la sociedad mexicana: se pretende detener una bala con otra bala; no se entiende que la violencia no se puede detener con más violencia.

Acapulco vive entre la desesperación y el desconsuelo, con la economía que comienza a desplomarse por la caída de la actividad turística y el cierre de negocios. La violencia ha traspa- sado los diversos sectores sociales, no sólo golpea a los altos y medios, las colonias populares también la padecen, dice Fernando, de la Pastoral Juvenil en la Emiliano Zapata.

A las 10 de la noche ya no podemos salir, porque comienzan los rondines de delincuentes... y todo lo que ello implica, por eso hay que encerrarse. Creyente católico, deplora la pérdida de valores y la descomposición acelerada en Acapulco, ciudad donde –dicen sus residentes– comenzaron los descabezados, los desollados, los asesinatos con saña, como símbolo de intimidación.

La marcha desde el parque Papagayo hasta el zócalo de este puerto se da en silencio entre los acapulqueños, que hablan con sus pancartas, con sus mantas que no cesan de gritar el miedo que los agobia. Vestidos de blanco en su gran mayoría, salieron a expresar su hartazgo.

“Una amiga –explica una señora a su acompanante– me dijo que no vino a marchar por miedo, y yo le respondí: ¿y no te da miedo salir a diario en Acapulco?”

Con escuelas cerradas por temor a las extorsiones de los criminales, la disputa por la plaza entre el crimen organizado y la coparticipación de las policías en muchos de los delitos, según testimonios de la gente, este sábado los acapulqueños hicieron suyo el paso de la caravana.

Quiero ir a la escuela sin miedo, se lee en la pancarta de un adolescente que estudia en La Salle. Su temor tiene fundamento: hace 20 días, un compañero de secundaria fue secuestrado de su escuela. Una semana después, su asesinato convulsionó al colegio.

El de los taxistas también es un sector golpeado por la violencia. La utilización de algunos como halcones del narco ha provocado una cadena de asesinatos en el gremio. Apenas anoche ejecutaron a dos, murmura un joven que acude a la movilización.

El panorama incierto de Acapulco se hizo público hoy en la marcha y el mitin. La tragedia de padres a quienes les ejecutaron o desaparecieron a sus hijos en el pasado reciente se conjuga con los agravios ancestrales que padece el estado: pobreza, marginación y la recurrente violación de derechos humanos.

Llegará el día en que nuestros hijos, llenos de vergüenza, recordarán las épocas en que ser honesto se pagaba con la vida. La frase, atribuida a José Eduviges Nava, se lee en una de las mantas que sobresale por sus dimensiones.

La cita es de un alcalde de Zacualpan, estado de México –cercano a Guerrero–, asesinado –denuncia su madre– porque se negó a colaborar con el crimen organizado, y cuyo cadáver fue encontrado recientemente en un paraje cerca de Teloloapan.

Es parte de las numerosas denuncias que se hacen en el mitin, con la misma secuela que prevalece a escala nacional: impunidad.

En el templete está Marta Obeso, viuda de Armando Chavarría, el ex líder del Congreso local asesinado, quien en un mitin previo efectuado en Chilpancingo habló de la persecución y hostigamiento del narco. No hay dolores más o menos importantes –dijo–, pero hay casos emblemáticos por su efecto, y el homicidio de la cabeza de un poder del estado lo es. “La justicia –destacó– no es un asunto de rentabilidad política, es una necesidad para encontrar la paz”.

También en Chilpancingo habló Tita Radilla para hacer un recuento de la violencia en Guerrero. Con 37 años pidiendo justicia por la desaparición de su padre, Rosendo, condenó la militarización que se ha asentado en la entidad prácticamente desde entonces, cuando ya había miles de soldados. Hoy –señaló–, en medio de esta guerra que emprendió el gobierno federal, los daños colaterales que provoca el Ejército son reflejo de que no es positivo mantenerlo fuera de los cuarteles.

Más tarde, con la plaza central de Acapulco casi llena, Sicilia cuestionó la estrategia militarizada y la escasa asignación presupuestal a las universidades, mientras a los jóvenes “son a los que están matando en esta guerra… No podemos cancelarles el futuro como les estamos cancelando el presente”, sentenció el poeta, quien clama una vez más por rencontrar la paz.

Al fondo, una de las mantas resume lo que esto significa para los presentes: La paz es un sueño imposible.

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